El caso Vicentin se ha transformado en un territorio dominado por la política, la economía y la justicia. Pero a la vez permite sopesar actitudes de “hombres de negocios” que también conspiran contra la credibilidad de su propia clase y del país.

Hay muchísimos casos de empresas que han creado en torno suyas satélites que, cuando naufraga la nave madre, terminan hundidos como por un tsunami.

Y, como se ha dicho, hay conductas que pueden pintar de cuerpo entero a algunos –o tal vez muchos- que navegan en barcos que terminan siendo barcazas o simples botes.

Meses atrás, con la firma en crisis y con la monumental deuda a la vista, uno de sus responsables, que ahora fue acusado de lavado de dinero, fue visto ostentando un bienestar propio de jeques o magnates del Primer Mundo, como si no tuviera problemas.

Pero hay otra situación tragicómica en medio de esta debacle. En un exclusivo edificio de Punta del Este habitan, como una ironía, un acreedor del grupo agroalimentario (al que le deberían 15 millones de dólares) y una persona del clan Vicentin.

Ese integrante de la empresa familiar habría comprado otro departamento en el mismo edificio (algunas de las viviendas oscilan el medio millón de dólares o más) en diciembre pasado, en coincidencia con la cesación de pagos, con lo cual la ira del acreedor creció exponencialmente. Sobre todo cuando se cruzan en el ascensor o bajan a la playa y son vecinos de sombrillas y reposeras.